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Curioso articulo. De el blog la ruta norteamericana

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La navidad en la que Elvis Presley cambió una vida

 

A nadie se les escapa que las navidades ya han llegado. Las tiendas, grandes almacenes y anuncios ya han empezado su maquinaria para vender a toda costa. A pesar de que puedo llegar a entender perfectamente a aquel que odia las navidades, todavía soy de los que mantiene cierto espíritu ante estas fechas (a mediados de diciembre y no antes) y se me despierta un ánimo especial y distinto al resto del año. No es algo navideño, más bien es algo entre nostálgico e inocente.

Creo que no hay mejor forma que dar la bienvenida a estas navidades siempre tan tempranas que anticipandonos en esta ruta con una historia como la que nos trae Juan Antonio Hidalgo, colaborador de Ruta 66. Una navidad como la de mi compañero Hidalgo cambia la vida y merece ser recordada para siempre, además de ser compartida. Disfrutad.

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Me pide el responsable de este blog unas líneas hablando sobre algún disco del que pueda decirse que de alguna forma “cambió mi vida”. Difícil elección. Como le habrá sucedido a todas las personas para las que la música representa una parte fundamental de su vida en distintos momentos han sido muchos los artistas -y por tanto los discos- que, más que interesarme, han llegado a obsesionarme, en ocasiones durante períodos de tiempo bastante prolongados. Y partiendo de la base de que buena parte de mis referencias culturales se han conformado indagando sobre lo que había detrás de un disco, no resulta descabellado concluir que todos esos discos –y son muchos- han cambiado, de alguna forma, mi vida.

Sin embargo, si de lo que se trata es de seleccionar un solo título, posiblemente la única elección posible sea remontarme al momento en que me fue inoculada esa enfermedad que muchos definen como “la fiebre del rock and roll”. Al fin y al cabo, ahí empezó todo.

Sucedió durante la navidad de 1977. Un servidor tenía tan sólo 12 años y aquel día en concreto estaba aletargado delante de la pequeña pantalla, devorando los anuncios de juguetes, e intentando decidir las peticiones del año a las distintas ramas de la familia. Curiosamente –lo recuerdo como si fuese ayer- por primera vez, nada me resultaba suficientemente atractivo. Hasta que, de repente, un fragmento musical de tan sólo unos segundos atrapó mi atención como posiblemente nada lo había hecho hasta ese momento... Ante la falta de mejores alternativas y sin tenerlo demasiado claro, acabé pidiendo a unos tíos el disco del que formaba parte esa intrigante canción.

Yo todavía no lo sabía, pero aquel tema se titulaba <<Heartbreak Hotel>>. Era uno de los que se escuchaban en el spot televisivo con el que aquel año se promocionaba Los 40 Éxitos de Elvis Presley, un doble LP editado por K-Tel con la clara intención de rentabilizar al máximo la todavía reciente muerte del cantante. El día de reyes de 1978 el disco llegó finalmente a mis manos. Yo todavía no podía ni sospechar el efecto que iba a causar sobre mí.

Aquellas cuarenta canciones, así como las pocas fotografías e información biográfica que completaban el paquete, me abrieron las puertas a un universo nuevo. Durante los siguientes meses aquellos dos vinilos se convirtieron en una auténtica obsesión. Los escuché incontables veces hasta prácticamente desgastarlos, memorizándolos por completo. Durantes los meses siguientes, a medida que me iban llegando nuevos discos de Elvis por diversos conductos, la cosa fue a más. Me hice también con una escueta biografía titulada “Elvis Presley, la rebelión domesticada” y, poco más tarde, con una breve enciclopedia de dos volúmenes (escrita por un tal... Diego A. Manrique) sobre el rock and roll de los años cincuenta. Así supe de la existencia de unos tipos con nombres tan curiosos como Eddie Cochran, Buddy Holly, Gene Vincent o Chuck Berry, que hacían una música parecida a la de Elvis. Ellos fueron la siguiente etapa.

Sin embargo, había un problema. Conseguir ese tipo de discos, en aquel momento y en nuestro país, no era tarea fácil. Dejando de lado algunas recopilaciones de éxitos –pocas- de gente como Chuck Berry, Little Richard o Bill Haley, era casi imposible encontrar en España material de músicos como Gene Vincent, Eddie Cochran o Wanda Jackson. Para hacerse con material de este tipo había que acudir a establecimientos muy especializados. Recuerdo, concretamente, una minúscula tienda en la desaparecida Avenida de la Luz de Barcelona en la que podías hacer tus encargos y cruzar los dedos esperando que, en uno de sus viajes mensuales a París en busca de material, el propietario encontrase algo parecido a lo que estabas buscando. Si así era, nos despachaba la mercancía aunque, invariablemente, a precio de oro. Sin embargo, valía la pena. La impaciencia con la que esperábamos la vuelta de cada uno de sus viajes y la emoción con que descubríamos los sonidos que contenían aquellos discos son recuerdos inolvidables....

Con el paso de los años, aquella pasión inicial por la música de los padres fundadores del “rock and roll” fue derivando hacia otros géneros y sonidos. Y cuando, finalmente, llegó el momento de elegir unos estudios, mi decisión se orientó persiguiendo el objetivo de dedicarme al periodismo musical. Un objetivo que, finalmente, no se cumplió, aunque sí se materializó el inicio de una trayectoria profesional en el mundo de la comunicación.

En definitiva, tres décadas después de haber recibido como regalo aquella recopilación de éxitos de Elvis Presley, sigo experimentando las “ondas expansivas” de aquel momento. Y no tan sólo en el ámbito profesional. A la música le debo también muchas amistades, muchas actividades, más de un viaje y un volumen nada despreciable de lecturas e intereses de todo tipo, a los que -como antes he dicho- a menudo he llegado después de obsesionarme por los sonidos que surgían de un pedazo de vinilo.

Me gustaría pensar que esta obsesión, que supongo que ya que me acompañará hasta el fin de mis días, me ayuda a retrasar, aunque sea un poco, los nada apetecibles efectos del paso del tiempo. Como dijo ese gran filósofo llamado Keith Richards, “Uno no deja de escuchar rock and roll cuando se hace mayor. Lo que en realidad sucede es que se hace mayor cuando deja de escuchar rock and roll”.

Pues vale, Keith. Espero que tengas razón.

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